Arañas

autor: 
Carlos González-Amezúa

No conocemos su relación con las arañas (aunque no sería difícil de adivinar en la mayoría de casos) y no pretendemos que nazca entre ustedes una relación entrañable (que podría nacer). Nos conformamos con que lea este artículo y albergamos la esperanza de que, al menos uno de nuestros lectores, trate con más mimo a la próxima araña que se cruce en su camino. Para lograrlo vamos a contar la verdadera historia de las arañas.

No son insectos

Una definición “de andar por casa” sobre las arañas podría ser la de un insecto repugnante, peludo, venenoso y con ocho ojos, que cuelga de una tela.

Pues bien: las arañas no son insectos. Pertenecen, al igual que éstos, al gran filum animal de los Artrópodos, al que también pertenecen los Miriápodos (como los ciempiés) y los Crustáceos (gambas, centollos y otras exquisiteces). El mismo parentesco hay entre una cigala y una araña, que entre ésta última y una avispa. Y dentro de la clase de los Arácnidos, pertenecen al orden de las Arañas (éstas son con las que queremos entablar amistad); otro orden dependiente de los Arácnidos es el de los Escorpiones (con el que preferimos que no se relacione, porque algunos son muy venenosos, con una picadura no grave pero si muy dolorosa). Y aprovechamos para desmentir la creencia generalizada en algunas regiones Españolas de que cuanto más oscuro tanto más venenoso es es el escorpión. Lo cierto es que casi se podría afirmar lo contrario.

Volviendo a las arañas, tampoco todas tienen glándulas venenosas, ni 8 ojos, ni tejen telas. Lo único cierto de la definición que abría esta sección es la referencia a su vellosidad. Los ojos pueden estar o no presentes, y si lo están pueden ser 2, 4, 6 u 8.

Pero lo que verdaderamente nos impresiona de la araña es su presunta peligrosidad. Pues bien, salvando algunas especies tropicales, la inmensa mayoría de las más de 50.000 especies de araña conocidas son absolutamente inofensivas para el hombre (“¿y si la que me quiere picar es de una especie desconocida?”). No pican, porque sus quelíceros son incapaces de atravesar la piel humana y, sobre todo, porque no quieren. Para una araña, usted es algo incalificable (no se ofenda). Desde luego no es comida, y la araña sólo pica a sus presas para disolverlas y “bebérselas”. Además, es un animal carente de agresividad, que si se ve acosada por usted, tratará de escapar corriendo o saltando (depende del susto que tenga) y si la acorrala, se hará la muerta, encogiendo sus patas. Nunca le clavará sus quelíceros, pero aunque lo hiciera, usted no se enteraría porque muy pocos venenos de araña afectan al hombre.

A mí me han picado

Sabemos que no lo vamos a convencer fácilmente, porque seguro que conoce alguien al que una vez picó una araña y estuvo varios días... Cada vez que advertimos un buen picotazo, con hinchazón y dolor, se lo atribuimos a una araña. Lo cierto es que avispas y abejas no son los únicos insectos capaces de producir picaduras serias; Theobaldia annulata, un mosquito bastante frecuente, tiene una picadura muy dolorosa. La diferencia entre las arañas y estos insectos de los que hablamos, es que estas especies sí utilizan su picadura como defensa o bien —como en algunos casos— porque estamos incluidos en su dieta habitual.

Ya no las temo, pero siguen sin gustarme

El bisabuelo de un socio de Proyecto Verde, destinado largos años en ultramar, se trajo, al volver a España, una hermosa araña (venenosa) del tamaño de un puño que convivió durante mucho tiempo con la familia, campando a sus anchas por la casa y alimentándose de ratoncillos, cucarachas y otros bichitos que, al parecer, tenían menos predicamento entre los familiares que ella misma. Hasta que un día alguien la pisó sin querer.

Las arañas juegan un papel muy importante en el control de insectos, ya que todas ellas son depredadoras eficaces de moscas, mosquitos, cucarachas, etc. No son glotonas, pero su número en la naturaleza es tan elevado que su influencia en el control de poblaciones se supone muy importante. La mayoría son de costumbres nocturnas y en ellas los ojos no tienen mucha utilidad, fiándose más de sus pelos táctiles para desplazarse y cazar. No suelen atreverse con presas mayores que ellas excepto las que cazan con tela, ya que es la propia tela quien realiza las capturas.

Como ve, no hay razón para tenerles ese pánico. Son tranquilas, tímidas, incluso cobardicas. Vamos, que no las imaginamos atentando contra el rey de la creación.

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