Excursión al Alto Jarama. 23 de Octubre de 2005

El pasado día 23 de Octubre realizamos por fin la excursión al Alto Jarama que tuvimos que aplazar el año pasado a causa del mal tiempo. Afortunadamente el clima nos sonrió pese a las lluvias de los días anteriores y el sol lució durante toda la jornada, permitiéndonos disfrutar de unos preciosos colores otoñales.

Salimos a las 9 de la mañana en punto (¡gracias a los participantes!) con un autobús lleno y pese a los errores del conductor y el mal estado de las carreteras llegamos a Beleña de Sorbe, donde pudimos admirar, además del paisaje, la magnífica puerta de la iglesia de San Miguel con sus esculturas representando los doce meses del año, y pudimos bajar al puente medieval sobre el río, o subir hasta la cima de la colina hasta las ruínas del castillo.

Nuestra siguiente parada fue en el monasterio cisterciense de Bonaval, que por desgracia se encuentra en muy lamentable estado, aunque a pesar de ello es digno de contemplarse. Nuestro amigo Arturo Mohino nos dio allí una charla muy interesante, que precedió a la visita, tras la cual realizamos un paseo por los bellísimos alrededores.

Paseos por Colmenarejo: Presa Vieja del Aulencia

El embalse de Valmayor (nombre que trajeron de Madrid, porque en Colmenarejo nunca se conoció esta toponimia) está construido sobre el cauce del río Aulencia. Este río, que llega al embalse procedente de El Escorial y desagua entre los términos de Colmenarejo y Valdemorillo, alimentó antaño varios molinos que funcionaron de forma estacional, desde antes de la llegada de los romanos hasta la posguerra.
Uno de ellos fue el molino de Sopas. Estaba en un recoleto vallecillo clavado a mitad de un congosto, que por aquí llamamos pretenciosamente «cañón del Aulencia.» Este amansamiento del relieve, formado por la afluencia de varios arroyuelos al cauce principal, llamó la atención de los ingenieros de la época, que consideraron el lugar apropiado para levantar un dique y embalsar sus aguas. Y así se hizo.
Padres y abuelos de vecinos nuestros, trabajaron en este embalse, que fue terminado en los años veinte. Su objetivo era convertir en regadío las feraces tierras del Pardillo, Villanueva, Brunete y más allá. Para ello fue necesario realizar una canalización a través de nuestro cañón-congosto, que debería llevar el agua a estas sedientas tierras.
Además, este embalse, como gran obra de la ingeniería de la época que era, debía tener compuertas, aliviaderos, balsas y decantadores, alojamiento para el personal de mantenimiento e incluso casa para el ingeniero. Todo ello sigue en pie, en un aceptable estado, pero sin uso alguno, anclado en el tiempo. Esto lo contaremos en otro paseo. Volvamos al embalse.
Los de fuera lo llamaron Valmenor, nombre que se ha perdido por completo. Las gentes de Colmenarejo, la Presa Vieja. Y ahí quedó. Dicen algunas fuentes que nunca cumplió su cometido, que jamás proporcionó una gota de agua a sus destinatarios. Lo cierto es que entre convulsión y convulsión de la España convulsa, las infraestructuras que eran necesarias para aprovechar sus aguas quedaron relegadas al olvido.
Sus compuertas permanecieron cerradas, y así se creo un gran humedal en el corazón de la presierra de Madrid, que fue madurando lentamente hasta convertirse en un enclave de fauna y flora privilegiado. En sus aguas ha pescado la nutria hasta hace veinte años; y antes lo hizo el visón europeo. La cigüeña negra ha anidado en sus cantiles, y azores y halcones han depredado sobre una enorme variedad de aves acuáticas que saturaban sus resguardadas orillas en los fríos meses de invierno. A la par quedaba su riqueza en peces, anfibios y reptiles.
Pero todo tiene un final. A mediados de los 70, la sed de Madrid obligó a construir un nuevo embalse aguas arriba: Valmayor. Y con él, una planta potabilizadora, que filtraba y decantaba las aguas para eliminar la suciedad que las contaminaba, cada vez más frecuente por los vertidos de pueblos y urbanizaciones. Todo el lodo que la planta extraía en el proceso de potabilización lo devolvía al cauce del Aulencia, y éste lo llevaba hasta la Presa Vieja, cuyo dique lo retenía. Y así durante 25 años.
En 2001, la reiterada denuncia de los grupos ecologistas (Proyecto Verde entre ellos) obligó a la potabilizadora a comenzar un proceso de desecación y retirada de los lodos. Y finalmente, este mismo año, la entrada en funcionamiento de la depuradora del arroyo de La Peralera, ha puesto punto final a los vertidos incontrolados sobre esta hermosa presa.
Aquellos de vosotros que os animéis a hacer este paseo, podéis llegar en coche por el camino de la Espernada (llamado también carretera del Pardillo) hasta su intersección con un ancho camino de tierra que sigue de frente: la colada de Cabeza Aguda. A un lado, una caseta de piedra del Canal vigila una gruesa canalización enterrada que se lleva el agua, ya potabilizada. Al otro, un dique de cuarzo, una de las señas de identidad geológica de nuestro municipio. Aquí dejaremos el coche, porque nuestro camino es a través de vías pecuarias. Tomaremos el camino a derechas y estaremos en la colada del molino de Sopas. Al principio un suave descenso entre viejas y abandonadas viñas y campos de cultivo, de los que apenas quedan vestigios, quizá alguna cepa seca.
A medida que avanzamos, quedan a nuestra derecha, a lo lejos, las lindes de varias fincas que deparan algunas de las mayores sorpresas botánicas de este municipio. Entre ellas, un grupo de arces de Montpellier, los únicos, un vestigio relicto del pasado que ha pervivido milagrosamente. Hay gruesos fresnos, hay charcas que en primavera rebosan de vida vegetal y animal, hay prados y roquedos con ruscos, cornicabras y peonías.
En esta zona existe una enigmática fresneda, con varias decenas de ejemplares muy jóvenes (apenas cinco o diez años) y apelotonados, cuyo origen nos intriga.
Seguimos por nuestra colada y pronto el terreno se quiebra y aparece ante nuestros ojos la vieja presa. Ahora es necesario bajar por sendas que antaño fueron de uña, pero que hoy son de neumáticos de motos de trial. ¡Así están las cosas! Ya es difícil saber por donde discurre la colada original, pero poco importa, porque el final de nuestro paseo está muy cerca.
El molino de Sopas fue derribado —o quedó sumergido— al hacer la presa (que hay versiones para todos los gustos.) Incluso nació una leyenda, que pocos conocen y que algún día contaremos. Llego la contaminación y se fue la vida.
Ahora, el nuevo siglo ha traído otras sensibilidades. Esta vieja presa sigue siendo un bello monumento en un bello enclave, y los mismos que durante años anegaron de fango su vida ahora claman por su restauración. Existe un proyecto para llevarse los lodos y devolverle su viejo esplendor. Pero no demore su visita esperando este momento, porque igual no lo ven ni nuestros nietos. Será necesaria mucha determinación y mucha fuerza de «convicción», porque la limpieza costará miles de millones.
Entre tanto, podrá ver el complejo de decantación y distribución casi intacto, y la casa de los guardeses. Si no tiene vértigo, puede pasar cómodamente al otro lado por la pasarela del dique y ver las burbujas de gas metano que surge de sus putrefactas profundidades. Más allá, en un saliente de privilegiadas vistas, la casa del ingeniero. Y podrá charlar con el viejo empleado, ya jubilado, que mantiene la memoria viva de tiempos mejores y unas simpáticas cabras que ramonean por doquier.

Ayudando al galápago español (29-9-2002)

No se trata de una actividad inducida por la reciente ola gubernamental de patriotismo. En absoluto. Afortunadamente para ellos, los animales no están ligados a los países, ni tienen que sufrir las servidumbres derivadas de ello. Los animales son de aquellos lugares que han permitido, a lo largo de los siglos, milenios y millones de años, que lleguen a ser lo que son. Mientras que los seres humanos nos empeñamos en tratar de convencer a nuestros vecinos de que la tierra que habitamos tiene entidad propia porque la habitamos nosotros, y no otros, los animales son lo que son porque habitan una determinada región o territorio. No es el ser vivo quien da carta de naturaleza al territorio, sino justamente al revés.

¿Quiénes son estos galápagos?
El entorno mediterráneo-europeo ha creado dos especies de galápago a lo largo de millones de años, que se han ido adaptando perfectamente al devenir de las circunstancias propias de este territorio. Son el galápago leproso (Mauremys caspica) y el galápago europeo (Emys orbicularis). Son las únicas especies de galápago que podemos encontrar en España.
El primero, el leproso, es una especie con buena salud, a pesar de su nombre. Es relativamente abundante en los arroyos y ríos de nuestra geografía. En Colmenarejo es abundante, y se le puede ver tomando el sol en los días fríos de comienzo de la primavera, en las riberas del Aulencia, La Peralera, Membrillo… y otros lugares. Se llama vulgarmente “leproso” por el aspecto de su concha, algo descamada y cutre. Si a este nombre unimos que, en nuestro pueblo, habita arroyos verdaderamente infectos, puede dar una sensación equivocada sobre su salud ecológica.
El galápago europeo es otra cosa. Ocupa hábitats algo más exigentes que los del leproso, pero con mucha menor fortuna. De hecho, el galápago europeo está en peligro de extinción.
Una vez más (y son muchas ya) en Colmenarejo tenemos la fortuna de poder verle en el río Aulencia. No es nada fácil, porque es muy escaso. Originariamente, estos dos galápagos seguramente ocuparían ecosistemas diferentes, pero la eliminación y degradación progresiva de sus lugares de habitación, ha provocado que en la actualidad compartan ciertos hábitats. Es una adaptación natural a las condiciones cambiantes del medio, y no tendría mayor trascendencia si no hubiera entrado en juego una especie temible y agresiva, capaz de modificar las condiciones del medio como nunca sucedió anteriormente en la historia de la Tierra: el Homo sapiens.

Vuelve el hombre (no Jacks, precisamente)
Las crías de Homo sapiens han mostrado desde tiempos de Atapuerca (si no antes) una gran predilección por las mascotas. Y los ejemplares adultos de esta especie, se caracterizan por dar a sus crías, no solo lo que necesitan para su adecuado desarollo físico, social e intelectual, sino también todo aquello que las crías demandan, aunque sea absolutamente superfluo. Y las crías, con esa inteligencia prodigiosa que no tiene parangón en el reino animal, saben aprovechar esta debilidad del adulto, y demandan constantemente.
Para complacer esta demanda, el Homo sapiens de Estados Unidos, se dedicó a criar a sus propios galápagos autóctonos y venderlos en Europa. Aquí, los adultos de Homo los compraron a mansalva para contentar a sus crías. Y cuando se quisieron dar cuenta, uno de cada 20 hogares con niños tenía su galápago de Florida.
Pasó el tiempo, y lo que era una preciosa y manejable tortuguita, se convirtió en un terrible depredador de 30 cm. Esta evolución tuvo lugar al mismo tiempo que la de la cría de Homo, que pasó de ser un cachorro adorable a convertirse en un individuo preadulto atacado de abcesos purulentos (llamados granos) y dominado por la secreción hormonal, y con un carácter insufrible. Ante esta situación, la manada de Homos comienza a ver a la enorme tortuga como un verdadero problema. Y, ¿cuál es la manera en que la especie Homo encara sus problemas? Desviándolos. Y así, el galápago de Florida termina en un río, arroyo o pantano cercano, porque —eso sí— la especie Homo cuida mucho las apariencias, y no es cuestión de “cargarse” a la tortuguita.

Todo lleno de galápagos de Florida
Y así, poco a poco, nuestros ríos, pantanos y arroyos se han ido llenando de este galápago, que no es ni bueno ni malo, pero que compite por la comida y el territorio con los galápagos europeos, y lo hace con gran ventaja, porque es muchísimo más agresivo y voraz.
Las autoridades, que muestran gran sensibilidad por los problemas ambientales, prohíben en un momento dado, la importación de este galápago. Pero no pasa nada, porque en el sureste de los Estados Unidos existe la mayor diversidad de galápagos del mundo, y si no les dejan mandarnos el de Florida, pues mandarán el del Mississippi, como ocurre actualmente. Y cuando prohíban el del Mississippi, pues mandarán otro cualquiera de entre las cuarenta especies que tienen.

Un desastre ecológico
Estos galápagos americanos están terminando, no solo con las colonias de galápago europeo, sino también con grandes poblaciones de anfibios y de peces autóctonos. Son carnívoros puros, se comen las puestas, las crías, los renacuajos, los alevines, los individuos adultos… todo lo que cae en sus manos. Incluso, todo aquel que tenga un galápago foráneo, sabe que a pesar de no tener dientes, es capaz de hacer presa en un dedo y no soltarlo.

La AHE entra en escena
La AHE es la Asociación Herpetológica Española, una asociación eminentemente científica cuyo objetivo primordial es el estudio y protección de la fauna herpetológica de nuestro país. Los “herpetos” son los anfibios y los reptiles: ranas, sapos, tritones, culebras, serpientes, tortugas y galápagos.
La AHE se dirige a nosotros en septiembre de 2002. Ya habíamos tenido ocasión de colaborar directa o indirectamente en varios temas: estudio de la fauna de anfibios en Colmenarejo, censo de poblaciones atropelladas de sapo en el entorno del dique de Valmayor, estudio de la fauna de anfibios en el Parque del Guadarrama, etc. En esta ocasión, el objetivo es intentar capturar galápago americano en una zona que se ha detectado como uno de los últimos reductos del galápago europeo en nuestra región: el área de influencia de los ríos Aulencia-Guadarrama. La convocatoria tiene un objetivo quizá más importante: la realización de un reportaje por parte de Telemadrid, con el objeto de concienciar a la población para que no deje en libertad este tipo de tortugas importadas.
Ponemos en marcha la maquinaria, y una vez más, nuestros socios responden a las mil maravillas. Cerca de 40 personas nos dirigimos al embalse de los Arroyos, lugar en el que la AHE ha detectado una importante presencia de galápago de Florida.
Merece especial atención el enorme galápago de más de 25 años que consiguieron atrapar José Ignacio y Juan. Un precioso ejemplar que, por desgracia, estaba en un lugar al que nunca debía haber llegado. Tanto este ejemplar, como todos los que nos han ido llegando a raíz de la emisión del reportaje en Telemadrid y del artículo aparecido en el Diario del Noroeste, han sido llevados a Grefa, en donde disfrutan de una vida apacible en una charca artificial que comparten con decenas de colegas llegados del otro lado del Atlántico.

Conclusión: ¿No es muchísimo más fácil no comprar galápagos, o al menos no tirarlos a los ríos?

Respuesta: sí.