Curiosidades de las setas

  • La Amanita phalloides es responsable ella sola del 90% de las muertes por ingestión de setas. Debido a su aspecto vulgar, pasa muchas veces fatalmente desapercibida.
  • No hay NINGUNA regla que permita distinguir las setas venenosas de las comestibles. ¡Ninguna! Aquel que las utiliza y aún vive es gracias a la suerte, no a los conocimientos.
  • Volva y anillo son caracteres muy importantes que pueden haberse perdido. La volva, al arrancar la seta y el anillo comido por animales o no haberse desarrollado aún.
  • Los tiempos largos de incubación de una intoxicación, suelen ser más graves, porque no siempre se relacionan con la ingesta de setas. Las reacciones que surgen al poco de comer la seta, no suelen tener consecuencias fatales.
  • La faloidina es el principio tóxico de muchas setas. 10 mg bastan para matar a una persona adulta. Una Amanita phalloides seca contiene 4 mg de faloidina…¡por cada gramo de seta!
  • Hay muchas cosas de las setas que incluso los expertos desconocen. Algunas no se sabe con certeza si son tóxicas o no. Otras setas son venenosas sólo en determinadas circunstancias no del todo aclaradas.
  • Varias setas – algunas deliciosas – son tóxicas si se ingieren junto a bebidas alcohólicas. Se denominan setas anti-alcohólicas y el envenenamiento es leve pero bastante molesto.
  • Clytocibe nebularis, muy apreciada por los vascos, es tóxica en Galicia. ¿Es una seta nacionalista? Simplemente, las características del suelo influyen notablemente en la concentración de las toxinas.
  • Cataluña y el País Vasco son los lugares de mayor tradición setera. En Galicia, en cambio, las setas se desprecian por temor o ignorancia. Nombres como “pan de demonio” o “pan de sapo” dan una idea del concepto que la cultura popular gallega tiene sobre las setas.
  • Las setas, a pesar de su aparente delicadeza, son alimentos fuertes, y no se debe abusar de ellas. Suelen “llenar” bastante y son frecuentemente indigestas.
  • No existe acuerdo sobre cuál es la seta más exquisita. Este privilegio se lo disputan poco más de una docena:
    -Boletus regius
    -Boletus edulis (y media docena más de Boletus)
    -Russula cyanoxantha
    -Amanita aurata
    -Amanita caesarea
    -Macrolepiota procera
    -Coprinus comatus
    -Cantharellus cibarius
    -Lactarius deliciosus (níscalos)
    -Calocybe gambosa
    -Agaricus arvensis
    -Morchella esculenta
    -Pleorotus eryngii
  • El otoño no es la única época para buscar setas. En primavera e incluso verano se crían numerosas especies. La seta de San Jorge, una de las más apreciadas, se da en primavera.
  • La seta de cardo, Pleurotus eryngii, crece sobre las raices muertas de una umbelífera: el mal llamado cardo corredor, porque una vez seco, se desprende siendo arrastrado por el viento.
  • Ver un caracol o una babosa comer una seta no significa que no sea venenosa. Las ratas, y sobre todo caracoles y babosas, son muy resistentes al veneno de setas mortales.
  • Las setas desempeñan un importante papel en el suelo del bosque. Reciclan los desechos orgánicos y mantienen relaciones simbióticas con algunas plantas.
  • Más del 20% de las intoxicaciones por setas se deben, no a la ingestión de especies tóxicas, sino a consumir setas comestibles pasadas, agusanadas o en mal estado.

El aciano o azulejo

Familia: Compuestas o Asteráceas.
Nombre Vernáculo (nombre común en castellano): aciano, azulejo o aldiza.
Nombre Científico (en latín): Centaurea cyanus.

Aciano o azulejo

Etimología (que significa su nombre científico): los nombres científicos de las plantas incluyen, generalmente, dos palabras que ayudan a nombrar a cada especie diferente, de igual manera que cada persona cuenta con un nombre y un primer apellido. El primer nombre se denomina “género” y el segundo nombre se denomina “especie”. El nombre de Centaurea (nombre del género) deriva en último término del griego Kentauros = centauro, la mezcla entre hombre y caballo de la mitología griega, donde se conocía ya esta planta como la “hierba del centauro”, planta medicinal descubierta por Quirón (=Chiron), el único centauro inmortal, que se distinguió por su bondad, sentido de la justicia, sabiduría, y con gran experiencia en medicina. Cuentan los textos mitológicos que en los orígenes, el centauro Quirón fue un dios tesalio de la medicina, educador y consejero de importantes héroes griegos como Aquiles. También cuentan como en una ocasión que Hércules perseguía a los centauros, hirió mortalmente, por descuido, a Quirón, que viendo llegar la hora de su muerte, legó su inmortalidad a Prometeo y fue convertido en estrella por Zeus.
Y la palabra cyanus (nombre de la especie) proviene del término griego kyano, que significa de color azul oscuro.

Descripción: hierba anual de floración primaveral, que se reconoce por sus flores de color azul-purpúreo intenso que aparecen agrupadas en cabezuelas, a modo de coronita. Cada pequeña flor se muestra como una trompetita con el borde exterior dentado. Las hojas son alargadas, estrechas y de borde entero, aunque a veces las de la base tienen algunos dientes a los lados; presentan al igual que el tallo, un color verde poco intenso. Es una planta grácil, que no suele superar los 80 cm de altura.

Hábitat: vive en eriales, barbechos, bordes de caminos y pistas, cunetas de carreteras, mieses o claros de encinares o fresnedas.

Distribución: planta que aparece en Asia, Europa y norte de África. Parece que a la Península Ibérica llegó desde oriente, de donde se cree que es originaria. En la Península aparece de manera más frecuente en la mitad norte, haciéndose más rara hacia el sur. La presencia de esta bellísima flor, resulta cada vez más escasa debido, principalmente, al uso continuado y masivo de herbicidas.

Usos:
Cosméticos: las flores se utilizan para la elaboración de líquidos destinados al aclarado de cabellos de tonos claros: rubios, blancos o grises. Si se aplica con mezclas de dosis más concentradas, se consigue aumentar el color.
Mágicos: las flores se han utilizado como talismán para asuntos amorosos.
Medicinales: las flores se han empleado en oftalmología popular para la elaboración de colirios. El agua destilada de las flores se emplea en algunos productos comerciales como lociones limpiadoras de ojos, aunque no debe usarse en personas de ojos muy sensibles. La planta entera se ha tenido por febrífuga, ya que contiene “centaurina”, que sería el principio activo que actúa para sanar las fiebres. También se puede utilizar como depurativo de la piel, mediante vahos faciales.
Tintóreos: las flores del azulejo contienen una materia colorante de color azul denominada “cianina”, soluble en agua pero no en alcohol. Las flores mezcladas con alumbre y agua se pueden emplear para dar color azul en acuarelas y para preparar tintas de color azul.

En el lenguaje de las flores el aciano o azulejo significa “claridad” y “luz”.

Los animales y plantas protegidos que viven en Colmenarejo: El piruétano y el sapo corredor

Piruétano o galapero (Pyrus bourgaeana)

Se trata de un “peralillo silvestre” que está protegido en la Comunidad de Madrid por estar incluido en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (BOCAM. 1992. Decreto 18/1992, de 26 de marzo) con la categoría de “Sensible a la alteración de su hábitat”, ya que se trata de una especie cuyo hábitat característico está particularmente amenazado, en grave regresión, fragmentado o muy limitado.

En Colmenarejo contamos con uno de los mayores piruetanales de la Comunidad de Madrid, único, además, por el tamaño de sus ejemplares. Este pequeño bosquete de peralillos, ha marcado la historia de la toponimia del municipio, dando nombre al arroyo que nace cerca del lugar donde se desarrolla, “Arroyo de la Peraleda”.

Principales Amenazas:

  1. Talas incontroladas y desbroces de vegetación en zonas de regeneración natural del piruétano.
  2. Incendios provocados.
  3. Repoblaciones forestales y fragmentación del hábitat.

Medidas de Conservación:

  1. Desarrollar una legislación municipal que evite cualquier tipo de daño a este árbol.
  2. Designar zonas de conservación que aseguren la supervivencia y expansión de la especie.

 

Sapo corredor (Bufo calamita)

Aunque la legislación regional madrileña no contempla la protección para este sapo, si está incluido en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas (Real Decreto 439/1990), con la categoría “De Interés Especial”.
Además, está incluida en los Anexos II y IV de la Directiva 92/43/CEE de Hábitat y en el Anexo II del Convenio de Berna.
También se encuentra protegido en Navarra, Cataluña, Castilla-La Mancha, Extremadura y Euskadi.
Por suerte, todavía sobreviven en Colmenarejo algunas poblaciones de este anfibio tan beneficioso para el hombre, ya que se alimenta durante todas las fases de su vida, de insectos, especialmente moscas y mosquitos.

Principales Amenazas:

  1. Atropellos en carreteras.
  2. Destrucción de sus hábitat de reproducción: arroyos y charcas temporales.
  3. Fragmentación y pérdida del hábitat por el excesivo desarrollo urbanístico y a consecuencia de los nuevos tratamientos agrícolas.

Medidas de conservación:

  1. Protección y restauración de las zonas encharcadizas que sirven de zona de cría.
  2. Construcción de pasos para anfibios en las carreteras y pistas que presenten mayor siniestralidad.

La lombriz de tierra

Feucha, un poco asquerosita, húmeda y escurridiza, la humilde lombriz es uno de los animalillos menos agraciados. Pero su trabajo en la naturaleza es uno de los más eficaces y también menos reconocidos. La vida de la lombriz transcurre casi en su totalidad bajo tierra, comiendo y defecando, sin más aliciente que algún encuentro fortuito con el Sr. Topo y siempre con el temor de ser sacada a la superficie por la azada inquieta del jardinero.

 

Tan sólo unas semanas al año y siempre coincidiendo con copiosas lluvias, la lombriz se decide a abandonar la seguridad de su refugio y aventurarse por la superficie. Siempre de noche, como los vampiros, porque —al igual que a éstos— la luz del sol puede matarla en pocos minutos. No sabemos muy bien por qué sale ni a dónde va, pero suponemos que el motivo será el mismo que tienen la mayor parte de animales —y personas— para tener conductas “extrañas” en algún momento de sus vidas: el amor. Y el amor de las lombrices no es un amor cualquiera. Es, probablemente el amor más compartido, el más igualitario y generoso. Porque la lombriz da a su pareja tanto como recibe de ella; pero no de boquilla: ¡De verdad! Nada parecido a los humanos en que se dice: “Son una pareja estupenda, que se ayudan mutuamente, que él hace las camas mientras ella prepara la comida…” No, no. La lombriz va mucho más allá. Si su pareja le tienta con su órgano femenino, ella le

corresponde con un órgano masculino… ¡y otro femenino! Si su pareja le da un hijo, ¡el le da otro a su pareja! A ver si nos aclaramos, porque esto está algo embarullado. La señora lombriz, es en realidad señor/señora lombriz; es decir, hermafrodita. Es macho y hembra a la vez, y cuando copula, su parte femenina copula con la parte masculina de su cónyuge y su parte masculina lo hace con la femenina del otro. ¿Lo va entendiendo? Pasado el tiempo, él/ella y ella/él tienen cada uno sus hijos (en este caso, huevos encerrados en un capullo). De manera que la relación no puede ser más de igual a igual, más aún por el hecho de que para poder aparearse los dos individuos tienen que ser del mismo tamaño. ¿Cabe mayor igualdad?

Como culebras

Nuestra humilde lombriz puede llegar a no serlo tanto y dar algún que otro susto a quien con ella se topa. Lo normal es que no pase de los quince centímetros. Esas son las que encontramos en nuestras excavaciones jardineras. Pero las hay mucho mayores que viven en niveles más profundos. El que esto escribe ha confundido en la noche una lombriz con una culebra, y las hay que llegan a medir medio metro. Pero esto no es nada si tenemos en cuenta que en Australia viven unos parientes de nuestra lombriz que alcanzan los dos metros, ¿se imagina?

Cavar y cavar

La lombriz es una incansable perforadora de túneles. Su actividad perforadora no cesa ni puede cesar, porque cada vez que come, perfora; y cada vez que perfora, come. Solo cuando da marcha atrás deja reposar a su largo e incansable tracto digestivo, pero la lombriz no es animal que retroceda fácilmente. Engulle la tierra, aprovechando la materia orgánica y expulsando por el otro extremo el resto. De esta manera, al cabo del año ha removido toneladas de tierra, oxigenándola y disgregándola, dejando el suelo en óptimas condiciones para el desarrollo de las raíces de nuestras plantas. Pero aún hace más. Cuando la tierra no es lo suficientemente rica como para servir de plato único, la lombriz se ocupa de arrastrar hasta sus galerías restos vegetales de la superficie, con lo que va enriqueciendo lentamente el terreno. Paulatinamente, el terreno se va llenando de lombrices y haciéndose cada vez más rico, hasta llegar a constituir el llamado “humus de lombriz”, un cotizadísimo fertilizante producido por unos parientes de nuestra entrañable lombriz de tierra.

Para los taxonomistas…

Nuestra lombriz tiene nombres y apellidos. Es una lombriz común (Lumbricus terrestris). Pertenece al Tipo de los Anélidos (gusanos segmentados en anillos más o menos cilíndricos) y a la Clase de los Oligoquetos. Son animales sencillos y primitivos, que llevan excavando galerías muchos millones de años. El rastro dejado por sus galerías es uno de los fósiles más comunes y característicos del Paleozoico.

Aparentemente sin organos sensoriales, posee unas células primitivas sensibles a la luz que le indican si es de día o de noche, y poco más. También detectan bien las vibraciones, y suponemos que tendrán cierta capacidad olfativa… No parece mucho, pero a ellas les va de maravilla.

Protejámosla

Exceptuando esas salidas nocturnas de las que hemos hablado, sólo veremos a nuestra lombriz accidentalmente cuando excarvemos el terreno para plantar, aporcar, orear, etc. No la dejemos desenterrada porque el sol acabará con ella en pocos minutos. Hagamos un pequeño hoyo en otro lugar del jardín y dejémosla allí; o, simplemente cubrámosla de hojarasca: Ella se buscará la vida. Cada lombriz que salvemos es como si abonásemos con un kilo de mantillo; y la lombriz, además de no oler, es gratis.

El lagarto ocelado

Es el mayor de los lagartos que habitan Europa —lo que equivale a decir el mayor lagarto terrestre— y en Colmenarejo es frecuente, aunque se ha apreciado un considerable descenso en los últimos años. Un macho adulto, de unos 7 u 8 años puede medir casi un metro de longitud, aunque lo normal es que no sobrepase los 60 cm. Este hermosísimo animal (al que las comodidades y la comida fácil del cautiverio le sientan a las mil maravillas, pues alargan su vida hasta los 10 años) no suele vivir más de 5 ó 6 años, una vida muy corta si tenemos en cuenta, además, que de octubre a marzo duerme, lo que reduce su vida real a poco más de dos años y medio. En este escaso tiempo, la cría de un mamífero longevo aprende algunas cosas, pero nuestro lagarto nace sabiéndolo todo. No en vano es uno de los últimos descendientes de una estirpe gloriosa que dominó el mundo durante tantísimos años, que todo lo vivido por la Humanidad desde los albores del Antiguo Egipto hasta la actualidad podría repetirse más de 30.000 veces y ellos aún seguirían ahí. Nos estamos refiriendo, como no, a los reptiles.

Señores, un respeto

Raramente nos planteamos la legitimidad que tienen muchos de los seres que nos rodean para existir. Damos por hecho que los árboles se pueden talar, que los animales se pueden cazar, que las hormigas se pueden pisar… y que los lagartos se pueden matar. Y poderse, se puede, de hecho basta con mirar a nuestro alrededor para ver cada vez menos de casi todo. Pero, tal vez, si antes de quitar de en medio a una lagartija que se ha metido en casa, pensásemos a quién vamos a eliminar… quizá no lo haríamos. Nosotros, las personas, no estamos aquí por casualidad. Independientemente de las creencias religiosas de cada cual, hoy día nadie pone en duda que procedemos de una evolución de seres más y más primitivos a medida que nos alejamos en el tiempo. Y eso es así por las leyes de la naturaleza o por la voluntad divina. Estamos como colgados de una cadena: El eslabón del que pendemos será el Homo antecessor y éste estará sujeto al Australopitecus, que a su vez estará agarrado a un abuelo del orangután o el chimpancé, que lo estará… Si seguimos retrocediendo en esa cadena que nos sujeta y gracias a la cual estamos donde estamos, encontraremos la musaraña y más atrás, un reptil. Si cualquiera de estos eslabones hubiera fallado, si un extraterrestre hubiera aterrizado hace millones de años y, dedicándose a la caza, hubiera exterminado las musarañas, por ejemplo… nosotros, tal y como somos ahora, no estaríamos aquí. Si creemos en la Divinidad, el Sumo Hacedor se las habría ingeniado para hacernos descender de las aves o los anfibios, pero no seríamos iguales: Tendríamos pico o plumas. Si somos agnósticos, es probable que concluyamos que nunca habría aparecido una inteligencia tan desarrollada como la que ahora puebla el mundo.
Estas disquisiciones, fruto del respeto por todos los seres vivos, nos llevan a concluir que, de la misma manera que nosotros debemos nuestra existencia a seres tan insignificantes como un lagarto, tal vez este mismo lagarto pueda, en un futuro muy lejano, dar vida a una especie aún más increíble que nosotros. ¿Por qué no?

El devorador de mujeres

Podemos pensar esto, y respetar al lagarto. Podemos respetarle aunque no pensemos esto. Y podemos asarlo a la parrilla y comérnoslo. Hace unos años saltó a las primeras páginas de los periódicos la noticia de un hombre que había sido multado con un millón de pesetas por dar muerte a un lagarto ocelado, especie por demás, protegidísima. El pobre hombre, una persona de vida humilde y sin recursos, declaró en su favor que lo había hecho para poder comer. Sea o no esto cierto, el triste suceso puso de manifiesto una realidad: En nuestro país la mayoría de los ciudadanos no valoramos en su justa medida la enorme riqueza biológica que poseemos. Y un lagarto es un bicho dañino, que muerde con saña las partes pudendas de las mujeres que osan hacer sus necesidades en pleno monte; y es tal su ensañamiento, que sólo decapitando al bicho conseguiremos que suelte su presa magra.

Y esto no nos lo hemos inventado; forma parte de la sabiduría popular de muchas regiones españolas.

De caza con Vicu-Vicu

La casualidad nos ha permitido tener frecuentes contactos con el lagarto ocelado. Generalmente con ejemplares pequeños y medianos, nunca mayores de 40 cm. Pero aún no siendo los grandes de la clase, un lagarto de 40 cm impone respeto. La responsable de esta relación es Vicu-Vicu, una gata blanqui-parda, hija y nieta de gatas asilvestradas. A los gatos les gusta mucho cazar lagartijas y lagartos hasta unas medidas razonables, traspasadas las cuales es más fácil que sea el lagarto quien caze al gato. El hecho es que Vicu-Vicu es muy cariñosa y obsequiosa con sus amos, como cualquier gato bien nacido. En sus correrías por el monte, se ha topado varias veces con lagartos, los ha capturado y nos los ha traído. Hasta aquí todo normal. Lo interesante de todo esto, lo que motiva que al comienzo de este artículo hayamos dicho que el lagarto nace sabiendo, es que mientras los pajarillos, gazapos, ratones, topos, lirones, etc., ofrecen una tenaz resistencia a su captura y provocan el rápido mordisco letal del depredador de turno, los reptiles, al sentirse apresados por uno de sus depredadores naturales, se hacen los muertos, permaneciendo inmóviles. Y esta actitud, aparentemente inconsecuente, es una de las claves de la supervivencia, después de muchos millones de años, de varios de ellos. Y nuestro lagarto ocelado es un ejemplo perfecto. Al sentirse amenazados tratan de escapar. Si no lo logran y son asidos por la cola, se desprenden de ella. Y si finalmente son capturados no ofrecen la menor resistencia. Gracias a esta táctica, casi todos los lagartos que nos traía Vicu-Vicu llegaban intactos; alguna cola rota, a lo sumo. Era fácil convencer a la gata para que nos lo diera (en realidad, eran un presente para nosotros). Una vez en nuestra mano, el lagarto permanecía unos minutos quieto antes de aprovechar el menor descuido y echar a correr. Nuestra labor consitía en soltarlos en algún lugar más alejado, para evitar ser de nuevo capturados.

Perfectos y primitivos

Por nuestras manos han pasado lagartos grandes y pequeños, y eso nos ha permitido admirar de cerca su fascinante morfología. Lo que más llama la atención son las grandes manchas azules que adornan sus costados, más intensas y llamativas en época de celo. Y es que los lagartos, como la mayoría de los reptiles, utilizan el color para comunicarse. Las hembras carecen de ellas o tienen muy disminuidas estas manchas. En realidad la hembra del lagarto ocelado no pasa de ser una lagartija grandecita. El macho es el que adquiere un tamaño y belleza considerables.

Tienen dientes, efectivamente, como la mayoría de los lagartos. Pero son tan pequeños, que sólo los grandes ejemplares podrían hacernos sangre. El lagarto utiliza sus dientes sólo para sujetar.

Nuestro amigo dispone de multitud de pequeños detalles de diseño que acrecientan la admiración que por él sentimos. Por ejemplo: Sus costillas son móviles y le permiten aplanarse de tal modo que ofrezca una mayor superficie a los rayos solares en los días fríos. Su larga y fina cola se rompe voluntariamente no entre vertebras —como parecería lógico— sino en la mitad de una de ellas, lo que permite al tejido regenerarse fácilmente. Tienen buena vista, aceptable oído y muy buen olfato. Entonces, si son tan listos, ¿cómo se dejan capturar por Vicu-Vicu? Por amor, señores y señoras; por amor. En época de apareamiento, los lagartos exhíben sobre una roca su hermosa coloración para servir de reclamo a las hembras, y muy mal tienen que ver las cosas para abandonar esta liturgia. En algunos casos se les puede tocar sin que huyan. Esto es su perdición. El resto del año son animales tímidos y huidizos.

Cuando son jóvenes, se conforman con comer pequeños insectos; pero un hermoso lagarto ocelado de medio metro tiene buen apetito, y no le hace ascos a culebras, huevos, ratones y frutas caídas de los árboles.

Nuestro amigo lagarto pone hasta veinte huevos, que entierra cuidadosamente, Su cáscara es elástica al principio y se endurece unas horas después. Una vez puestos no les presta ninguna atención. Al cabo de tres meses nacen los lagartitos, en todo similares a sus padres.

Por si le interesan los datos curiosos, sepa que nuestros reptiles de hoy son de sangre fría. Esto quiere decir que no mantienen una temperatura estable —como hacen los mamíferos y las aves— sino que adoptan la temperatura ambiente. Pero esto no es del todo cierto, porque la mayoría de los lagartos son capaces de mantener una temperatura superior a la ambiente. No obstante, prefieren que el calor provenga del Sol que de su esfuerzo personal (lo que los acerca aún más a nosotros), por lo que cuando el tiempo no acompaña se duermen… y a otra cosa.

El milpiés

Es el primo amable del ciempiés. Imaginemos por un momento que medimos 5 cm y nos encontramos en algún rincón de nuestro jardín, cerca de una roca o un murete de piedra. De pronto, nos llega un rumor lejano, como un repiqueteo que poco a poco aumenta hasta convertirse en un estruendo continuo, un golpeteo de cientos de patas… Seguramente, si fuéramos tan pequeños, correríamos a buscar refugio imaginando al temible ejército que se abría paso entre el césped. Pero nuestra sorpresa sería mayúscula cuando viésemos aparecer a un único individuo, largo, negro y brillante que pasaría tranquila y acompasadamente a nuestro lado. Es un milpiés, un representante de los miriápodos totalmente inofensivo.

Dentro de los artrópodos terrestres, además de los insectos y los arácnidos, tenemos a los miriápodos. El término “miriápodo” significa “muchos pies” y se utiliza para designar a varias clases de artrópodos con mandíbulas, que comúnmente conocemos como ciempiés y milpiés. La diferencia básica para el observador inexperto consiste en que los ciempiés tienen el cuerpo aplanado, pican e inoculan veneno, mientras que los milpiés son redondeados y nada peligrosos.

Los milpiés son, por tanto, miriápodos con el cuerpo cilíndrico constituido por un número de 25 a 100 segmentos, y que se identifican fácilmente por presentar dos pares de apéndices en cada uno de ellos.

En la cabeza tienen un par de masas triangulares de ojos simples situadas detrás de las antenas. Su coloración es muy variable, aunque generalmente es oscura.

Los milpiés no son tan activos como los ciempiés. Se desplazan despacio ya que, salvo alguna especie carnívora, no tienen que capturar presas. Su alimento consiste en restos de materia vegetal y de animales, aunque algunas especies comen plantas vivas, lo que ocasiona destrozos en plantaciones como las de patata y remolacha. Sus movimientos son elegantes, no serpenteantes como los de los ciempiés. Viven en lugares oscuros y húmedos, bajo troncos o piedras, aunque hay especies propias de zonas áridas. Cuando son hostigados suelen hacerse una bola, segregando substancias repulsivas tóxicas mediante unas glándulas repugnatorias que poseen, aunque en ocasiones realizan violentas contorsiones que les permiten escapar de sus enemigos.

Tienen modificados los apéndices del séptimo segmento como órganos de cópula. En los dos sexos el orificio genital se abre ventralmente, existiendo un pene en los machos y una vulva en las hembras. La transmisión del esperma no la realiza el pene sino los gonópodos o apéndices locomotores adaptados. En la reproducción, el macho sujeta a la hembra mediante el primer par de patas y le introduce sus gonópodos llenos de esperma como si fueran una jeringuilla dentro de la vulva de la hembra.

Después del apareamiento los huevos son depositados en una oquedad en el suelo o en un nido fabricado por la hembra que los vigila cuidadosamente. Las larvas tienen un reducido número de anillos en el cuerpo y sólo un par de patas por segmento.

Por último, destacar una curiosidad. Algunas especies de milpiés parecen haber encontrado el elixir de la eterna juventud. A saber, en muchas especies de estos animales, los machos adultos mueren después de la cópula, pero curiosamente, en ocasiones, se produce un fenómeno, aún en estudio, que determina que los machos sigan viviendo y sufriendo nuevas mudas. La primera muda después de la cópula, hace que los individuos recuperen carácteres juveniles y después de la segunda muda el nuevo milpiés es aún más joven, generándose la capacidad de forman nuevos espermatozoides que preparan al nuevo individuo adulto para una nueva cópula, eso sí, como si fuera la primera vez. Lo mejor de todo es que este fenómeno puede repetirse varias veces. El secreto, como casi siempre, está oculto en los genes.

La cigüeña

Si hemos de hacer caso a nuestras abuelas, todos somos oriundos de París, de donde llegamos en vuelo regular a bordo de una cigüeña. En aquellos tiempos, este tipo de vuelos solían adelantarse (algo impensable hoy en día) y pillaban a papá y mamá en total y completo “deshabillé”. No sabemos si ha sido por su condición de “paquete bebé-express” o si dicha condición se debe a otro motivo, el hecho es que la cigüeña goza desde tiempo inmemorial del favor del pueblo. Es, casi, el animal sagrado de la civilización judeo-cristiana. A nadie se le ocurre hacer daño a una cigüeña (a casi nadie, que hay bestias para todo). Ni siguiera el más desaprensivo de los cazadores osa poner a semejante ave en su punto de mira: Por mal que se le haya dado la jornada de caza, ni se le pasa por la imaginación. ¿De dónde viene este carácter sagrado de un animal, en el país donde nada es sagrado?

Vidas paralelas

La “cigu” y el hombre han sido durante miles de años buenos amigos. Hace mucho tiempo, seguramente en el antiguo Egipto, alguien se dio cuenta de que, cuando se araba un campo o se recolectaba el cereal, ejércitos de cigüeñas realizaban una verdadera criba del terreno, paso a paso, comiendo insectos y roedores, considerados como dañinos. Esta actividad de limpieza debió resultar grata a los ojos de la sociedad, y se empezó a respetar al animal que tan concienzudamente la ejecutaba. Aún hoy, es fácil ver en campos de Castilla recién cosechados, verdaderos “rebaños” de cigüeñas comistrajeando todo lo que corre o salta de entre los rastrojos.
No conocemos de ninguna deidad egipcia representando a la “cigu”, pero eso no quiere decir que no existiera. No obstante, en lo referente a proteger las cosechas de los roedores, ya tenían al gato como deidad, al cual embalsamaban y momificaban una vez fallecido, con gran respeto y abnegación.

De caer en gracia… a ser gracioso

De animal útil se pasó con cierta facilidad a animal respetado, y de ahí a animal sagrado o legendario. La utilidad de la “cigu” perduró lo que perduraron las cosechas y las plagas. Pero, ¡ay!, todo termina, y a principios de siglo llegaron los pesticidas y los abonos, y la tierra redobló su producción de manera artificial y vertiginosa. Qué importaba que la cigüeña comiera saltamontes; esa labor ejecutoria la realizaba con mucha mayor eficacia el insecticida de turno. ¿Que unos ratoncillos han echado a perder una panocha? Es un daño irrelevante frente a las dos cosechas de maíz que tendremos este año gracias al fertilizante.

Y así, poco a poco, la cigüeña comenzó a ser molesta. No se la mataba, pero sus voluminosos nidos perjudicaban los edificios, y sus excrementos afeaban el atrio de la iglesia. Cada vez que se reformaba un tejado, se aprovechaba para quitar de en medio el nido de la “cigu”.
Otro animal habría dicho: ”Ahí os quedáis”. Pero la “cigu” es un ave que se empareja de por vida, y regresa año tras año a su nido “de siempre”. Nuestra pobre cigüeña, fiel entre las fieles, devota entre las devotas, al volver de África y encontrar que de su tejado había desaparecido el nido, quedaba perpleja y ese año perdía la pollada. Lentamente, la población de cigüeñas fue descendiendo hasta hacerse crítica, a mediados de los setenta.

¡Alarma!

La cigüeña está desapareciendo. ¿Quién traerá a nuestros niños de París? Porque en Iberia no podemos confiar…

El régimen de Franco, tan previsor en todo lo concerniente a la moral pública, podía haberse dado cuenta de que si faltaba la cigüeña, las mujeres tendrían que dar a luz, algo bastante embarazoso de explicar a los niños de la época (según el criterio de entonces). Pero no fue él quien invirtió el signo de los acontecimientos, sino la naciente conciencia ecológica de los españoles. De pronto nos dimos cuenta de que podíamos perder una compañera de viaje que siempre nos había sido útil y fiel. Comenzaron a hacerse estudios sobre el impacto que los nidos de cigüeña ejercían sobre tejados y campanarios y, —sorpresa— , se vio que era insignificante frente a otros agentes, como la humedad, el desarrollo de vegetación, la pudrición de vigas, el peso exagerado de cubiertas, etc. Y poco a poco, la “cigu” fue recuperando el terreno que nunca debió perder. Aprendimos a quererla por sí misma, y su papel de transportista de bebés pasó a un segundo plano frente a su único y verdadero yo: El de ser cigüeña.

La actualidad

Hoy veranean en España unas 35.000 cigüeñas. No son muchas, pero si una mejoría notable respecto a las 11.000 que lo hacían en 1981.

Su hábitat sigue invariable; son como esa gatita zalamera que, pudiendo elegir almohadones mullidos y suaves terciopelos, prefiere acurrucarse a ronronear justo bajo nuestra papada.

Nosotros, en Colmenarejo, tenemos nuestra pareja de cigüeñas, que cada año sacan adelante uno o más cigoñinos en su nido de la iglesia de Santiago. Y ya no hay más en todo el municipio. De todos los hábitats posibles, la “cigu” elige estar a nuestro lado. Y así, el lugar con mayor densidad de parejas siempre coincide con núcleos urbanos. Salamanca es uno de los más privilegiados, con cerca de 100 individuos. Pero si Salamanca sorprende, León apabulla. En sus campos “pacen” verdaderos rebaños de ciconiformes. Pero esto no es nada si lo comparamos con un pequeño pueblo de Cáceres, que ostenta el récord de cigüeñas. Baste decir que existen más “cigus” que habitantes tiene el lugar.

El futuro

Una vez recuperado el prestigio social, la “cigu” se enfrenta a otros problemas. Los tendidos eléctricos son, una vez más, el principal azote de estas aves. Su afición a rebuscar en los vertederos es un grave riesgo para ellas: Se envenenan, sufren accidentes con cuerdas y alambres, etc. La contaminación creciente de nuestros cauces fluviales y charcas es otro enemigo que ellas no son capaces de percibir a tiempo. El uso cada vez más abusivo de pesticidas termina con su despensa o, lo que es peor, la envenena.

Existen otros factores causantes de gran mortandad entre estas simpáticas aves. Aunque sorprenda, algunos pueblos africanos esperan con ansiedad la llegada invernal de la cigüeña a la que abaten por millares; algo parecido a lo que hacemos nosotros con los patos.

Algunos autores consideran que el coleccionismo de huevos y crías también merman de manera significativa a este ave. Recordemos que robar un huevo de cigüeña esta castigado con multa de 100.000 pesetas.

Si esto fuera un cuento para niños, atribuiríamos el récord negativo de natalidad en España a la situación de la cigüeña. Ningún investigador ha relacionado ambos acontecimientos, pero, ¿significa eso que verdaderamente no estén relacionados? La desaparición de las grandes chimeneas —por donde dejaban caer las “cigus” su preciada carga— también puede tener su influencia. Sea como fuere, nuestra existencia lleva demasiados años ligada a la de las cigüeñas como para pasar por alto su presencia.

Arañas

No conocemos su relación con las arañas (aunque no sería difícil de adivinar en la mayoría de casos) y no pretendemos que nazca entre ustedes una relación entrañable (que podría nacer). Nos conformamos con que lea este artículo y albergamos la esperanza de que, al menos uno de nuestros lectores, trate con más mimo a la próxima araña que se cruce en su camino. Para lograrlo vamos a contar la verdadera historia de las arañas.

No son insectos

Una definición “de andar por casa” sobre las arañas podría ser la de un insecto repugnante, peludo, venenoso y con ocho ojos, que cuelga de una tela.

Pues bien: las arañas no son insectos. Pertenecen, al igual que éstos, al gran filum animal de los Artrópodos, al que también pertenecen los Miriápodos (como los ciempiés) y los Crustáceos (gambas, centollos y otras exquisiteces). El mismo parentesco hay entre una cigala y una araña, que entre ésta última y una avispa. Y dentro de la clase de los Arácnidos, pertenecen al orden de las Arañas (éstas son con las que queremos entablar amistad); otro orden dependiente de los Arácnidos es el de los Escorpiones (con el que preferimos que no se relacione, porque algunos son muy venenosos, con una picadura no grave pero si muy dolorosa). Y aprovechamos para desmentir la creencia generalizada en algunas regiones Españolas de que cuanto más oscuro tanto más venenoso es es el escorpión. Lo cierto es que casi se podría afirmar lo contrario.

araña devorando abeja

Volviendo a las arañas, tampoco todas tienen glándulas venenosas, ni 8 ojos, ni tejen telas. Lo único cierto de la definición que abría esta sección es la referencia a su vellosidad. Los ojos pueden estar o no presentes, y si lo están pueden ser 2, 4, 6 u 8.

Pero lo que verdaderamente nos impresiona de la araña es su presunta peligrosidad. Pues bien, salvando algunas especies tropicales, la inmensa mayoría de las más de 50.000 especies de araña conocidas son absolutamente inofensivas para el hombre (“¿y si la que me quiere picar es de una especie desconocida?”). No pican, porque sus quelíceros son incapaces de atravesar la piel humana y, sobre todo, porque no quieren. Para una araña, usted es algo incalificable (no se ofenda). Desde luego no es comida, y la araña sólo pica a sus presas para disolverlas y “bebérselas”. Además, es un animal carente de agresividad, que si se ve acosada por usted, tratará de escapar corriendo o saltando (depende del susto que tenga) y si la acorrala, se hará la muerta, encogiendo sus patas. Nunca le clavará sus quelíceros, pero aunque lo hiciera, usted no se enteraría porque muy pocos venenos de araña afectan al hombre.

A mí me han picado

Sabemos que no lo vamos a convencer fácilmente, porque seguro que conoce alguien al que una vez picó una araña y estuvo varios días… Cada vez que advertimos un buen picotazo, con hinchazón y dolor, se lo atribuimos a una araña. Lo cierto es que avispas y abejas no son los únicos insectos capaces de producir picaduras serias; Theobaldia annulata, un mosquito bastante frecuente, tiene una picadura muy dolorosa. La diferencia entre las arañas y estos insectos de los que hablamos, es que estas especies sí utilizan su picadura como defensa o bien —como en algunos casos— porque estamos incluidos en su dieta habitual.

Ya no las temo, pero siguen sin gustarme

El bisabuelo de un socio de Proyecto Verde, destinado largos años en ultramar, se trajo, al volver a España, una hermosa araña (venenosa) del tamaño de un puño que convivió durante mucho tiempo con la familia, campando a sus anchas por la casa y alimentándose de ratoncillos, cucarachas y otros bichitos que, al parecer, tenían menos predicamento entre los familiares que ella misma. Hasta que un día alguien la pisó sin querer.

Las arañas juegan un papel muy importante en el control de insectos, ya que todas ellas son depredadoras eficaces de moscas, mosquitos, cucarachas, etc. No son glotonas, pero su número en la naturaleza es tan elevado que su influencia en el control de poblaciones se supone muy importante. La mayoría son de costumbres nocturnas y en ellas los ojos no tienen mucha utilidad, fiándose más de sus pelos táctiles para desplazarse y cazar. No suelen atreverse con presas mayores que ellas excepto las que cazan con tela, ya que es la propia tela quien realiza las capturas.

Como ve, no hay razón para tenerles ese pánico. Son tranquilas, tímidas, incluso cobardicas. Vamos, que no las imaginamos atentando contra el rey de la creación.

El abejorro

Domingo, 12 de la mañana, hora de Greenwich. Urbanización Las Quirogas, (Colmenarejo). La familia Benítez está en el jardín. La madre, subida a una silla, está cortando algunas rosas para adornar el salón. El padre, recostado en una tumbona, lee el Marca mientras se bebe una cerveza. El niño, sentado en su orinal con forma de pato, se entretiene despachurrando cuantas hormigas pasan frente a él. El silencio es total, apenas interrumpido por el suave zumbido de algún insecto.De repente, Manolito deja de hacer fuerza, olvida a las hormigas y gira la cabeza. También su padre ha percibido algo y levanta la vista del periódico. Un ligero temblor sacude la columna vertebral de la madre y la piel de sus hombros se torna de gallina clueca.

Procedente del parterre de petunias, un rumor sordo preludia la tragedia. En un momento, el rumor se torna estruendo, y se aproxima a gran velocidad. La madre, angustiada, mira a su hijo. Manolito, asustado, gira tanto la cabeza que pierde el equilibrio y rueda por el suelo. La madre se tambalea y cae sobre el pato, que vuela por el aire, lanzando a los cuatro vientos el producto de la esforzada tarea del niño. El padre, viendo venir hacia él semejante lluvia, suelta la cerveza, tira el periódico y trata de levantarse para huir, pero ya es demasiado tarde y cae al suelo, junto a su mujer, su hijo, el pato y lo que queda del trabajo de Manolito. Asustados y aturdidos se miran unos a otros:

¿Qué ha sido eso?, balbucean.

Simplemente, ha pasado un Bombus.

Muy beneficioso

El simpático abejorro que ha sembrado el pánico en casa de la familia Benítez, es un insecto pacífico, incansable libador de néctar, al que solemos ver atiborrado de pólen. Llegan a cargar el 60% de su peso, lo que es muy considerable si tenemos en cuenta que deben poder volar con dicha carga. Por eso, en ocasiones, tenemos la sensación de que les cuesta levantar el vuelo de la flor, emitiendo un zumbido ronco y pesado que denota unos motores a pleno rendimiento.

El Bombus —su nombre científico le viene al pelo— pasa de nosotros. Aunque posee un aguijón como sus hermanas las abejas, es muy raro que pique, porque es enormemente tranquilo. Si lo hace, su picadura no es peor que la de su pariente, aunque su aspecto haga pensar lo contrario. No es ésta la única similitud con la abeja. Se trata, como ella, de un insecto sociable, que forma colonias —aunque mucho más reducidas— que fabrica cera y miel, y que colabora en la polinización en gran medida por lo que debe ser respetado y protegido. Pero la vida del bombus tiene ciertas particularidades.

Bajo tierra

El ciclo anual de nuestro abejorro comienza con una hembra, que podríamos llamar reina. Ella es la única de la colonia que sobrevive al invierno, recogida en su madriguera. Hemos dicho bien; madriguera. Cuando llegaron los primeros fríos, el resto de individuos comenzaron a morir mientras ella salió a buscar un nuevo nido, generalmente una madriguera abandonada de ratón o topo. En ella transcurre el invierno, dormida. Al llegar la primavera, despierta y durante varias semanas, se dedica a acondicionar el nido con trocitos de musgo, hierba seca, madera… y con ellos forma una bola. Cuando la ha terminado, sale a recolectar una gran carga de néctar y pólen, con los que fabrica el llamado “pan de abeja” que deposita en su bola.

Entonces pone unos cuantos huevos (no más de doce) y recubre todo con una capa de cera. También con cera fabrica un tejadillo para proteger el conjunto. Finalmente, moldea un recipiente que rellena con miel por si vienen días lluviosos y no puede salir a recolectar. A continuación se coloca sobre los huevos, dándoles calor, hasta que eclosionan. Las larvas se alimentan del “pan de abeja” y en quince días ya son unas mocitas listas para salir al mundo. Toda la camada son obreras, estériles. La reina seguirá poniendo más huevos, y las nuevas obreras serán cada vez más y más grandes. Al llegar el otoño, de los huevos emergen machos y hembras fértiles (reinas), que después de aparearse buscarán un nuevo lugar para invernar y así continuar el ciclo.

Otros hábitos

Aunque la mayor parte de abejorros llevan la vida que acabamos de describir, algunos anidan en los árboles, aprovechando nidos de ave abandonados. Pero la mayor parte de Bombus son cavernícolas, formando colonias subterráneas que pueden llegar a los 300 individuos. De manera que si ve un agujerito en el suelo cuídese de juguetear con un palito o puede llevarse un buen susto.

La culebrilla ciega: temor infundado

Desde tiempos remotos, los reptiles han sido considerados animales perjudiciales, que traían mala suerte o simplemente desagradables a la vista. Este enorme error nace, entre otras causas, del desconocimiento de este grupo animal, que muy lejos de ser dañino es por el contrario beneficioso para el hombre. Hace doscientos ochenta millones de años aparecieron, evolucionando a partir de los anfibios, este grupo de vertebrados que no dependen del agua, no poseen mecanismos eficaces para regular su temperatura corporal, y ponen huevos con cáscara más o menos dura, donde el embrión está protegido además por capas protectoras aislantes.

Gracias a todo, esto los reptiles logran colonizar los más variados medios terrestres y se convierten en el grupo más importante sobre la Tierra durante doscientos millones de años.

En el Jurásico, hace ciento cincuenta millones de años, el clima fue suave y con pocas variaciones, además no existían las aves ni los mamíferos, por lo que los reptiles eran los amos del mundo.

Hace ochenta millones de años, al final del Cretácico, se produjo un enfriamiento de la tierra y el clima empiezó a variar, con lo que se extinguieron numerosas formas reptilianas, quedando sólo como pálido reflejo de su anterior esplendor, los grupos que han perdurado hasta la actualidad.

Llegamos así a uno de los reptiles menos conocidos, la culebrilla ciega (Blanus cinereus), que constituye un endemismo ibérico, siendo la única especie de su familia presente en toda Europa. La familia se llama anfisbénidos y son conocidos en inglés como lagartos vermiformes y en castellano como culebrillas ciegas. Tienen características anatómicas que los emparentan con lagartos y serpientes, sobre todo con los primeros, pero tienen aún más que los distancian. Los anfisbénidos son reptiles muy especializados, ya que viven adaptados a la vida subterránea y presentan un aspecto parecido a una lombriz de tierra. El nombre de la familia significa “andar por los dos lados”, lo que nos indica su peculiar capacidad para desplazarse, hacia adelante como hacia atrás. Abundan sobre todo en Sudamérica y África tropical.

La culebrilla ciega tiene el cuerpo alargado y cilíndrico de diámetro casi uniforme, está anillada exteriormente y no tiene patas. Mide hasta 30 cm , pero generalmente es más pequeña. Los ojos los tiene reducidos y aparecen como manchas negras debajo de la piel. Carecen de tímpano y tienen el olfato muy desarrollado.

A primera vista parece una lombriz gorda y rechoncha, pero si nos fijamos observamos que su cuerpo anillado presenta escamas pequeñas cuadrangulares y en su cabeza observamos claramente su boca y la lengua bífida característica de lagartos y ofidios. Tiene color variable pero siempre tiene un tinte rosado o violeta, con la parte inferior del cuerpo más clara que el dorso.

Esta especie se observa muy rara vez desplazándose sobre el suelo, aunque durante lluvias intensas puede subir a la superficie, al igual que al caer la tarde o por la noche, momentos éstos que aprovecha para alimentarse. Normalmente se encuentra bajo piedras y troncos donde haya algo de humedad y tanto en suelos con mucho humus como en suelos arenosos. Se ha encontrado con frecuencia en pinares y en zonas de cultivo.

Su alimentación se basa en insectos (escarabajos, tijeretas, hormigas), arácnidos (arañas) y crustáceos, (cochinillas de humedad), así como larvas y huevos de todos ellos.

Entre sus depredadores están otros reptiles como la culebra bastarda, y aves rapaces como el cernícalo común y el ratonero.

A pesar de ser una especie difícil de estudiar por su modo de vida, se sabe que en época de sequía permanece aletargada en el interior de la tierra, pudiendo incluso permanecer oculta de junio a noviembre, si la falta de humedad es extrema. Con las lluvias primaverales, se pueden observar numerosos individuos conviviendo bajo la misma piedra y acompañados en muchas ocasiones por escarabajos y por la lagartija cenicienta. Tras el apareamiento, la hembra pone un solo huevo de hasta 3 cm de longitud.

La podemos encontrar en la mayor parte de la Península Ibérica, excepto en la zona norte de Galicia, Cordillera cantábrica, Cataluña y Pirineos. Y, por supuesto, en nuestro pueblo. Hace no mucho, una amable señora nos llamó alarmada porque al retirar la hiedra de una jardinera aparecieron multitud de culebras. Eran culebrillas ciegas. Esta señora vive a menos de 20 metros del Centro Cívico.

Mucha gente siente repulsión o cierta prevención hacia la mayoría de los reptiles. En este caso, la culebrilla ciega, como todos los reptiles de la Península Ibérica, excepto la víbora, son inofensivos, y tan sólo pueden en el peor de los casos darnos un mordisquito. Ni son venenosos, ni traen mala suerte. Mala suerte tendremos, si alteramos irreversiblemente el medio natural, destruyendo sin sentido, alguno de sus componentes.