El milpiés

Es el primo amable del ciempiés. Imaginemos por un momento que medimos 5 cm y nos encontramos en algún rincón de nuestro jardín, cerca de una roca o un murete de piedra. De pronto, nos llega un rumor lejano, como un repiqueteo que poco a poco aumenta hasta convertirse en un estruendo continuo, un golpeteo de cientos de patas… Seguramente, si fuéramos tan pequeños, correríamos a buscar refugio imaginando al temible ejército que se abría paso entre el césped. Pero nuestra sorpresa sería mayúscula cuando viésemos aparecer a un único individuo, largo, negro y brillante que pasaría tranquila y acompasadamente a nuestro lado. Es un milpiés, un representante de los miriápodos totalmente inofensivo.

Dentro de los artrópodos terrestres, además de los insectos y los arácnidos, tenemos a los miriápodos. El término “miriápodo” significa “muchos pies” y se utiliza para designar a varias clases de artrópodos con mandíbulas, que comúnmente conocemos como ciempiés y milpiés. La diferencia básica para el observador inexperto consiste en que los ciempiés tienen el cuerpo aplanado, pican e inoculan veneno, mientras que los milpiés son redondeados y nada peligrosos.

Los milpiés son, por tanto, miriápodos con el cuerpo cilíndrico constituido por un número de 25 a 100 segmentos, y que se identifican fácilmente por presentar dos pares de apéndices en cada uno de ellos.

En la cabeza tienen un par de masas triangulares de ojos simples situadas detrás de las antenas. Su coloración es muy variable, aunque generalmente es oscura.

Los milpiés no son tan activos como los ciempiés. Se desplazan despacio ya que, salvo alguna especie carnívora, no tienen que capturar presas. Su alimento consiste en restos de materia vegetal y de animales, aunque algunas especies comen plantas vivas, lo que ocasiona destrozos en plantaciones como las de patata y remolacha. Sus movimientos son elegantes, no serpenteantes como los de los ciempiés. Viven en lugares oscuros y húmedos, bajo troncos o piedras, aunque hay especies propias de zonas áridas. Cuando son hostigados suelen hacerse una bola, segregando substancias repulsivas tóxicas mediante unas glándulas repugnatorias que poseen, aunque en ocasiones realizan violentas contorsiones que les permiten escapar de sus enemigos.

Tienen modificados los apéndices del séptimo segmento como órganos de cópula. En los dos sexos el orificio genital se abre ventralmente, existiendo un pene en los machos y una vulva en las hembras. La transmisión del esperma no la realiza el pene sino los gonópodos o apéndices locomotores adaptados. En la reproducción, el macho sujeta a la hembra mediante el primer par de patas y le introduce sus gonópodos llenos de esperma como si fueran una jeringuilla dentro de la vulva de la hembra.

Después del apareamiento los huevos son depositados en una oquedad en el suelo o en un nido fabricado por la hembra que los vigila cuidadosamente. Las larvas tienen un reducido número de anillos en el cuerpo y sólo un par de patas por segmento.

Por último, destacar una curiosidad. Algunas especies de milpiés parecen haber encontrado el elixir de la eterna juventud. A saber, en muchas especies de estos animales, los machos adultos mueren después de la cópula, pero curiosamente, en ocasiones, se produce un fenómeno, aún en estudio, que determina que los machos sigan viviendo y sufriendo nuevas mudas. La primera muda después de la cópula, hace que los individuos recuperen carácteres juveniles y después de la segunda muda el nuevo milpiés es aún más joven, generándose la capacidad de forman nuevos espermatozoides que preparan al nuevo individuo adulto para una nueva cópula, eso sí, como si fuera la primera vez. Lo mejor de todo es que este fenómeno puede repetirse varias veces. El secreto, como casi siempre, está oculto en los genes.

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