La cigüeña

Si hemos de hacer caso a nuestras abuelas, todos somos oriundos de París, de donde llegamos en vuelo regular a bordo de una cigüeña. En aquellos tiempos, este tipo de vuelos solían adelantarse (algo impensable hoy en día) y pillaban a papá y mamá en total y completo “deshabillé”. No sabemos si ha sido por su condición de “paquete bebé-express” o si dicha condición se debe a otro motivo, el hecho es que la cigüeña goza desde tiempo inmemorial del favor del pueblo. Es, casi, el animal sagrado de la civilización judeo-cristiana. A nadie se le ocurre hacer daño a una cigüeña (a casi nadie, que hay bestias para todo). Ni siguiera el más desaprensivo de los cazadores osa poner a semejante ave en su punto de mira: Por mal que se le haya dado la jornada de caza, ni se le pasa por la imaginación. ¿De dónde viene este carácter sagrado de un animal, en el país donde nada es sagrado?

Vidas paralelas

La “cigu” y el hombre han sido durante miles de años buenos amigos. Hace mucho tiempo, seguramente en el antiguo Egipto, alguien se dio cuenta de que, cuando se araba un campo o se recolectaba el cereal, ejércitos de cigüeñas realizaban una verdadera criba del terreno, paso a paso, comiendo insectos y roedores, considerados como dañinos. Esta actividad de limpieza debió resultar grata a los ojos de la sociedad, y se empezó a respetar al animal que tan concienzudamente la ejecutaba. Aún hoy, es fácil ver en campos de Castilla recién cosechados, verdaderos “rebaños” de cigüeñas comistrajeando todo lo que corre o salta de entre los rastrojos.
No conocemos de ninguna deidad egipcia representando a la “cigu”, pero eso no quiere decir que no existiera. No obstante, en lo referente a proteger las cosechas de los roedores, ya tenían al gato como deidad, al cual embalsamaban y momificaban una vez fallecido, con gran respeto y abnegación.

De caer en gracia… a ser gracioso

De animal útil se pasó con cierta facilidad a animal respetado, y de ahí a animal sagrado o legendario. La utilidad de la “cigu” perduró lo que perduraron las cosechas y las plagas. Pero, ¡ay!, todo termina, y a principios de siglo llegaron los pesticidas y los abonos, y la tierra redobló su producción de manera artificial y vertiginosa. Qué importaba que la cigüeña comiera saltamontes; esa labor ejecutoria la realizaba con mucha mayor eficacia el insecticida de turno. ¿Que unos ratoncillos han echado a perder una panocha? Es un daño irrelevante frente a las dos cosechas de maíz que tendremos este año gracias al fertilizante.

Y así, poco a poco, la cigüeña comenzó a ser molesta. No se la mataba, pero sus voluminosos nidos perjudicaban los edificios, y sus excrementos afeaban el atrio de la iglesia. Cada vez que se reformaba un tejado, se aprovechaba para quitar de en medio el nido de la “cigu”.
Otro animal habría dicho: ”Ahí os quedáis”. Pero la “cigu” es un ave que se empareja de por vida, y regresa año tras año a su nido “de siempre”. Nuestra pobre cigüeña, fiel entre las fieles, devota entre las devotas, al volver de África y encontrar que de su tejado había desaparecido el nido, quedaba perpleja y ese año perdía la pollada. Lentamente, la población de cigüeñas fue descendiendo hasta hacerse crítica, a mediados de los setenta.

¡Alarma!

La cigüeña está desapareciendo. ¿Quién traerá a nuestros niños de París? Porque en Iberia no podemos confiar…

El régimen de Franco, tan previsor en todo lo concerniente a la moral pública, podía haberse dado cuenta de que si faltaba la cigüeña, las mujeres tendrían que dar a luz, algo bastante embarazoso de explicar a los niños de la época (según el criterio de entonces). Pero no fue él quien invirtió el signo de los acontecimientos, sino la naciente conciencia ecológica de los españoles. De pronto nos dimos cuenta de que podíamos perder una compañera de viaje que siempre nos había sido útil y fiel. Comenzaron a hacerse estudios sobre el impacto que los nidos de cigüeña ejercían sobre tejados y campanarios y, —sorpresa— , se vio que era insignificante frente a otros agentes, como la humedad, el desarrollo de vegetación, la pudrición de vigas, el peso exagerado de cubiertas, etc. Y poco a poco, la “cigu” fue recuperando el terreno que nunca debió perder. Aprendimos a quererla por sí misma, y su papel de transportista de bebés pasó a un segundo plano frente a su único y verdadero yo: El de ser cigüeña.

La actualidad

Hoy veranean en España unas 35.000 cigüeñas. No son muchas, pero si una mejoría notable respecto a las 11.000 que lo hacían en 1981.

Su hábitat sigue invariable; son como esa gatita zalamera que, pudiendo elegir almohadones mullidos y suaves terciopelos, prefiere acurrucarse a ronronear justo bajo nuestra papada.

Nosotros, en Colmenarejo, tenemos nuestra pareja de cigüeñas, que cada año sacan adelante uno o más cigoñinos en su nido de la iglesia de Santiago. Y ya no hay más en todo el municipio. De todos los hábitats posibles, la “cigu” elige estar a nuestro lado. Y así, el lugar con mayor densidad de parejas siempre coincide con núcleos urbanos. Salamanca es uno de los más privilegiados, con cerca de 100 individuos. Pero si Salamanca sorprende, León apabulla. En sus campos “pacen” verdaderos rebaños de ciconiformes. Pero esto no es nada si lo comparamos con un pequeño pueblo de Cáceres, que ostenta el récord de cigüeñas. Baste decir que existen más “cigus” que habitantes tiene el lugar.

El futuro

Una vez recuperado el prestigio social, la “cigu” se enfrenta a otros problemas. Los tendidos eléctricos son, una vez más, el principal azote de estas aves. Su afición a rebuscar en los vertederos es un grave riesgo para ellas: Se envenenan, sufren accidentes con cuerdas y alambres, etc. La contaminación creciente de nuestros cauces fluviales y charcas es otro enemigo que ellas no son capaces de percibir a tiempo. El uso cada vez más abusivo de pesticidas termina con su despensa o, lo que es peor, la envenena.

Existen otros factores causantes de gran mortandad entre estas simpáticas aves. Aunque sorprenda, algunos pueblos africanos esperan con ansiedad la llegada invernal de la cigüeña a la que abaten por millares; algo parecido a lo que hacemos nosotros con los patos.

Algunos autores consideran que el coleccionismo de huevos y crías también merman de manera significativa a este ave. Recordemos que robar un huevo de cigüeña esta castigado con multa de 100.000 pesetas.

Si esto fuera un cuento para niños, atribuiríamos el récord negativo de natalidad en España a la situación de la cigüeña. Ningún investigador ha relacionado ambos acontecimientos, pero, ¿significa eso que verdaderamente no estén relacionados? La desaparición de las grandes chimeneas —por donde dejaban caer las “cigus” su preciada carga— también puede tener su influencia. Sea como fuere, nuestra existencia lleva demasiados años ligada a la de las cigüeñas como para pasar por alto su presencia.

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