La musaraña

La mayoría de nosotros no la verá jamás, como no sea en un documental televisivo. Su existencia pasará tan desapercibida que, incluso después de leer este artículo, albergará serias dudas de que tal animalejo conviva con usted y su familia. Y, sin embargo, es muy probable que dé cobijo en su jardín a la voraz y agresiva musaraña.

No se asuste; no pasa nada. Nuestra protagonista apenas mide 4 ó 5 centímetros y pesa menos que una moneda de dos euros. Además, entre su dieta no se incluye la carne humana; eso sería canibalismo, porque la pequeña musaraña —Musi, desde ahora— es familia lejana nuestra. Realmente es mucho más que eso. Nos explicaremos.

Hace unos 80 millones de años, cuando a los peliculeros dinosaurios empezaba a pintarles en bastos, un diminuto animalillo (más diminuto entonces, si lo comparamos con sus vecinos) buscaba la manera de hacerse un hueco en este mundo. La cosa no parece fácil teniendo en cuenta que Musi era hasta 4 millones de veces más pequeña que sus vecinos más espigados. Pero Musi, rodeada de reptiles gigantes, de insectos gigantes y de árboles gigantes, tenía varios ases en la manga.

Para empezar, Musi sabía mantener constante su temperatura (hay paleontólogos que afirman que los dinosaurios también lo hacían, pero no hay pruebas), lo cual es una enorme ventaja para colonizar cualquier tipo de ecosistema. También era capaz de hacer algo que entonces nadie sabía hacer: parir crías desarrolladas, en contraposición a los huevos que ponían, por ejemplo, los reptiles. Y hacía algo más: las alimentaba con un líquido muy nutritivo que segregaban unas glándulas que tenía en su milimétrico pecho. En la actualidad esto de parir una o varias crías y darles de mamar parece de lo más normal, pero en aquellos tiempos nadie sabía hacerlo. Pronto se vio que el sistema era muy exitoso. Permitía a los hijos de Musi crecer en su interior, seguros y a salvo, hasta alcanzar un desarrollo razonable. Una vez fuera de su madre, disponían de comida abundante y de gran calidad al alcance de la mano. De esta manera sus posibilidades de sobrevivir eran mayores que las de sus gigantescos vecinos, que tenían que buscarse la vida nada más eclosionar (eso, si un Oviraptor no los engullía cuando todavía eran huevo).

Nuestros “primeros padres”

Y la familia de Musi creció y creció, se diversificó, y aunque Musi siguió siendo más o menos como es hoy, sus parientes tomaron rumbos diferentes. Unos acabaron siendo gatos, otros murciélagos, otros vacas y otros… usted (no se ofenda). Y aquí estamos, teniendo a nuestra abuelita en el jardín y sin saberlo. Porque de nuestra pequeña musaraña, provenimos todos los mamíferos; es nuestro ancestro común. Si hacemos un gran árbol genealógico de todos los mamíferos, Musi estará en la base del tronco, con sus escasos 10 gramos, soportando toda la diversidad que han alcanzado sus descendientes y con el orgullo de ser la más antigua de todos.

Musi nos hace mucho bien

Y ahí la tiene, con más de 80 millones de años… y como el primer día. Su vida se reparte entre cazar, criar y dormir. Mientras hace buen tiempo, mantiene una frenética actividad cazando insectos con una voracidad legendaria. Su metabolismo es muy alto y necesita alimentarse con mucha frecuencia. Come cualquier insecto que ande por el suelo y si en su camino se topa con animales mucho mayores que ella, por ejemplo un ratón, los pone en fuga; porque, la verdad sea dicha, Musi tiene mal carácter. No dudará en atacar si se ve en la necesidad, de manera que si se topa con ella no intente cogerla o recibirá una buena dentellada de 1 milímetro.

Cuando no está limpiando nuestro jardín de insectos dañinos, está criando alguna de sus numerosas camadas, y cuando no cría ni come, duerme. Musi tiene uno de los letargos más profundos. Es entonces cuando puede encontrarla, durante los meses fríos, entre la hojarasca de algún arbusto rastrero y tupido. Parecerá muerta. Estará rígida y fría. No percibirá ni su latido cardiaco ni su respiración, porque son tan débiles y espaciados que parecen inexistentes. Pero no se confunda: está viva. Déjela en el lugar en que estaba o, si esto no es posible, busque otro escondido y al abrigo de miradas indiscretas. Puede guardarla en un terrario para ver cómo despierta en primavera, pero no se lo aconsejamos, porque Musi es muy sensible y puede morir de un ataque cardiaco al despertar y verle (no es nada personal).

No obstante, lo normal es que nunca encuentre una musaraña en su jardín. Sin embargo, Musi, sólo estará ausente de zonas muy extensamente urbanizadas (grandes ciudades, o zonas urbanas de localidades satélites). Si su chalet está en una zona tranquila, preferiblemente cerca de entornos más o menos naturales, su parcela tiene suficientes escondrijos y no es usted de los que se pasan el día fumigando para matar todo lo que se mueve… puede estar seguro de que cada atardecer, al renacer las sombras, unos diminutos ojos surgidos de la noche de los tiempos le observarán con satisfacción: “¡Hay que ver, qué lejos ha llegado este nietecito!”

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